TRASTORNO ESTACIONAL
AFECTIVO (TAE)
Un
ejemplo típico de persona con trastorno afectivo estacional
(TAE) es
aquel/aquella adolescente que comienza el curso con excelente
energía, no
teniendo problemas para mantener al día su trabajo escolar y
participando en
varias actividades tras la escuela. Pero a mediados de noviembre
comienza a
tener dificultad para terminar las lecturas asignadas, tiene que hacer
más
esfuerzo para trabajar bien, no puede concentrarse en clase,
después de la
escuela sólo quiere dormir, las notas comienzan a bajar,
rara vez siente ganas
de socializar, deja de ser puntual y pierde muchos días de
clase. Puesto que la
energía regresa de nuevo en primavera se piensa que es una
etapa más. Pero
cuando en noviembre del siguiente año vuelve a suceder lo
mismo entonces se le
diagnostica un tipo de depresión llamado TAE.
El
DSM-IV-TR señala como especificaciones del curso que se
pueden aplicar a los
trastornos del estado de ánimo las de curso longitudinal,
patrón estacional, y
ciclos rápidos. Los criterios A y B para la
especificación de patrón estacional
descritos en este mismo texto dicen: A) Ha habido una
relación temporal
sostenida entre el inicio de los episodios depresivos mayores de un
trastorno
bipolar I o bipolar II o un trastorno depresivo mayor recurrente y una
determinada época del año (por ejemplo,
aparición regular del episodio
depresivo mayor en el otoño o el invierno) y B) Las
remisiones totales (o un
cambio a la depresión o a la manía o a la
hipomanía) también se dan en una
determinada época del año (por ejemplo, la
depresión desaparece en primavera).
Se podría considerar, pues, a la especificación
de patrón estacional aplicable
a determinados trastornos del estado de ánimo como el
antecedente del trastorno
afectivo estacional.
El
TAE es un tipo de depresión que se desencadena con las
estaciones. Aunque hay
un tipo menos común de TAE que comienza al final de la
primavera y desaparece
en el invierno, el tipo más común de TAE es el
que comienza al final del otoño
y desaparece en la primavera. Este último tipo de TAE,
también llamado
depresión de invierno, es una forma de depresión
que aparece en la misma época
cada año, es decir, a medida que se acerca el invierno y las
horas de luz se
van reduciendo. Cuando la primavera regresa y los días
vuelven a ser más largos
se experimenta un alivio de los síntomas y el estado de
ánimo se normaliza.
Pero, llegado de nuevo el invierno, vuelven a aparecer los
síntomas del
trastorno.
Respecto
a la etiología del TAE se cree está causado por
la respuesta del cerebro a la
disminución de la exposición a la luz natural.
Las teorías actuales sobre las
causas del TAE se concentran en el papel que podría tener la
luz solar en la
producción en el cerebro de dos hormonas clave: melatonina y
serotonina. Estas
dos hormonas ayudan a regular los ciclos de sueño-alerta, la
energía y el
estado de ánimo. Los días más cortos y
el mayor número de horas de oscuridad
del otoño e invierno pueden causar un aumento en los niveles
de melatonina
(asociado con el sueño y letargo) y una
disminución de los niveles de
serotonina (asociada con depresión). En este mismo sentido,
las personas que
trabajan muchas horas en oficinas con pocas ventanas o quienes
están expuestos
a muchos días nublados puede experimentar
síntomas de TAE. Otra posible causa
del TAE está relacionada con la regulación de la
temperatura corporal.
Finalmente, la mayoría de personas con TAE tiene al menos un
pariente cercano
que ha tenido episodios de depresión.
El
trastorno afectivo estacional incluye los siguientes
síntomas:
















fijar el diagnóstico de
TAE se realiza un examen
médico para asegurarse que los síntomas no se
deben a afecciones médicas como
hipotiroidismo, hipoglucemia, o mononucleosis. La mayoría de
personas que padecen
TAE muestran signos de un sistema inmunitario debilitado durante el
invierno y
son más vulnerables a infecciones y otras enfermedades. Los
síntomas
desaparecen en primavera, lo cual puede suceder bruscamente con un
corto
periodo de hipomanía o gradualmente, dependiendo de la
intensidad de la luz
solar en primavera. Los meses más difíciles para
las personas con TAE son enero
y febrero. Como otras formas de depresión, los
síntomas del TAE pueden ser
leves, de grado intermedio, o graves.
El
trastorno afectivo estacional puede algunas veces progresar a trastorno
depresivo mayor. La principal diferencia entre el TAE y otros tipos de
depresión es que el TAE ocurre sólo durante los
meses de invierno. Asimismo, en
muchos tipos de depresión las personas generalmente comen y
duermen menos y
bajan de peso, mientras que en el TAE comen y duermen más y
aumentan su peso.
El TAE, como otros tipos de depresión clínica, no
es causado por factores
psicológicos o sociales (si bien tales factores estresantes
pueden agravarlo).
La tristeza normal tiende a ser situacional y generalmente no incluye
síntomas
físicos como los del TAE. La “nostalgia
navideña” puede distinguirse del TAE
debido a que por lo general no está acompañada
por síntomas físicos, está
causada por factores estresantes de dicha temporada y ocurre
sólo en ese
periodo. Los casos en que hay un efecto evidente de factores
estresantes
psicosociales estacionales (p. ej., estar habitualmente en paro todos
los
inviernos) tampoco se les considera TAE.
El
TAE puede afectar a niños, adolescentes y adultos. No
obstante, la edad de
aparición más frecuente oscila entre los 18 y 30
años. Asimismo, el riesgo de
padecer este trastorno disminuye con la edad. Se calcula que un 6% de
las
personas tienen TAE. La prevalencia varía de una
región a otra: cuanto más
lejos de la línea ecuatorial vive una persona más
probabilidad tiene de
desarrollar TAE. Esto respalda la teoría de que el TAE
está relacionado con la
menor exposición a la luz solar. Los niños pueden
ser afectados de TAE, pero
presentan síntomas diferentes a los adultos: son
más propensos a estar
irritables en lugar de tristes o ansiosos. Las mujeres y las personas
con
parientes que han experimentado depresión tienen una
probabilidad cuatro veces
mayor de desarrollar TAE en comparación con los hombres y
las personas sin
parientes con depresión.
Mayor
exposición a la luz. Para una persona
que tiene síntomas leves, podría ser suficiente
pasar más tiempo al aire libre
durante las horas de luz natural, haciendo ejercicio
aeróbico al aire libre o
dando una caminata diaria. Utilizar en las estancias donde se
está
habitualmente bombillas de luz natural ayuda a aliviar los
síntomas.






Dr.
Ángel Retuerto
Psicólogo www.psicologoadistancia.com
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No porque esté en posesión de la verdad absoluta, sino porque todos somos demasiado parecidos: Nuestros problemas, nuestros comportamientos, nuestras desazones...no son únicas e irrepetibles, siempre hay alguien antes que las ha tenido, y habrá quien las tenga idénticas o similares después; por lo tanto una persona que ha estudiado estos comportamientos, con certeza sabrá más de como solucionarlos que una persona que no lo ha hecho.
Para los más reacios diría que es un tema de estadística...una persona que ha visto tres, quince o cincuenta casos como el tuyo sabe mejor que tú, que sólo conoces el tuyo, como evoluciona y como se soluciona.
Y si a esto le sumamos que el psicólogo tenga mano izquierda, y sepa escuchar y preguntar en el momento justo, se consigue una solución mucho más rápida de los problemas que nos preocupan o nos marean.
Hay que hacerse la vida sencilla, cada uno sabe de lo suyo.
Y si se tienen problemas hay que buscar quién nos ayude a solucionarlos para no estancarnos y que la cosa siga fluyendo. ;-)”- Eduardo B. (26 años).
“Que si observa que es infeliz o cree que tiene una tara que le impide desarrollar todo su potencial, que acuda sin dudar al psicólogo.
Es un especialista, como cualquier médico, traumatólogo o dentista, solo que su especialidad es la psicología. Con el tiempo estoy pensando que es peor el dolor mental que el físico.
Nuestra mente es muy poderosa y nos puede hacer mucho daño (esto no es culpa nuestra... simplemente, está enfocada así por causas justificadas, en la mayoría de los casos) y el psicólogo ayuda a cambiar esta mentalidad y a encontrar la armonía y la felicidad en uno mismo.
No hay por qué tener vergüenza, miedo o desconfianza del psicólogo. Todo lo contrario: el psicólogo es una fuente muy poderosa capaz de cambiar en un corto espacio de tiempo lo que uno mismo no consigue modificar en años.
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- Marian B. (36 años).
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“Tranquilizadora y muy positiva.
Rafa es un profesional que escucha además de oir, y que recuerda lo que ha escuchado.
El ambiente de la consulta es agradable y hace muy sencillo abrirse y "soltar" todo lo que va dando vueltas en la cabeza, lo cierto es que sorprende bastante la cantidad de cosas tan personales que acabas diciendo sin ninguna vergüenza. Él va cogiendo los trozos y los va organizando, de modo que cuando te los presenta hilados, el mapa es bastante más sencillo de lo que parecía en un primer momento.
Luego en ese mapa marcas los puntos que te interesa tocar, y se te dan las pautas y los tiempos para abordarlos, y en ocasiones una visión distinta para que sea más fácil conseguirlo.
Y es muy favorable que la consulta acaba cuando acaba, no cuando pasan "x" minutos. Cuando ese día se agota la utilidad de seguir hablando es cuando termina, eso ayuda a que la sensación no sea "ajáaaa, siguiente por favor", sino que se le conceden a los temas la importancia que merecen...o al menos la que a priori parecen merecer.
También me gusta que no se trata de que acudas cuantas más veces mejor, sino las que sean necesarias. En mi caso fueron dos o tres, y realmente salí de allí mucho más tranquila y segura, y con las pautas que obtuve posteriormente he conseguido seguirlo estando (casi siempre ;-)
Actualmente mi idea es, sabiendo como hacerlo, trabajar en mis cosas poquito a poco cuando sea necesario. Pero desde luego me guardo en la manga la posibilidad de acudir de nuevo si algo me supera o me confunde más de lo que me gustaría.
Está bien saber que hay un sitio donde puedes ir cuando tus papeles están volando a tu alrededor a que te ayuden a organizarlos.”- Marian B. (36 años).
“Llevaba desde mi infancia con problemas de ansiedad. Yo tenía mi vida muy marcada, muy estructurada y rutinaria.
Todo lo que fuera salirme de lo habitual conllevaba un problema para mí: alteración del sueño, estado de nerviosismo, pérdida del apetito, náuseas, vómitos, temblores, aceleración del pulso... mi principal fobia estaba cuando me encontraba en un lugar público y había comida de por medio: cualquier comida/cena/celebración con amigos u otra gente.
Daba igual que solo fuera una simple cena con 3 amigos que una fiesta con 50. Todo me preocupaba, me debilitaba y me alteraba fisiológicamente. Renuncié a muchísimas cosas para evitar que la ansiedad me saltara en medio de cenas, viajes, excursiones, reuniones, cursos de formación,... cualquier acontecimiento que pudiera provocar contacto con gente desconocida.
Cuando tenía 19 años me di cuenta de que yo no disfrutaba la vida de la misma manera que mis amigos y que renunciaba a estar con ellos muchas veces dependiendo de la actividad que fueran a hacer. Sentía que esa etapa en que lo único que te pide el cuerpo es vivir intensamente yo no la estaba viviendo, la tenía escondida y estaba empezando a sentirme muy inferior y muy infeliz. Así que por eso decidí ir a consulta a ver si me podían ayudar.”
- Eduardo B. (26 años).

