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La investigación sobre el divorcio ha cambiado mucho, y ha variado su objeto en el tiempo: Hasta 1970, el objeto de estudio eran las madres solas con hijos, debido por una parte a la problemática social y económica que presentaba y por otro a su intensidad en algunos países de Europa. El objeto de estudio cambió en 1980 hacia las segundas nupcias, y en los 90 hacia las familias reconstituidas.

 

No obstante y aspectos legales aparte, los lógicos cambios sociales que han venido acompañando al fenómeno han dado al traste con muchas formas tradicionales de entender la vida. Estos cambios son comprensibles por la evolución de la sociedad, y son además objeto de discusión desde varios puntos de vista.

 

Sin embargo, no se han abordado con la misma intensidad los procesos internos que a raíz del divorcio sufren las personas. En este sentido, somos lo que nos han enseñado. Así, lo que hemos aprendido es lo que nosotros vivimos como deseable, con el lógico haz de matices que conlleva la experiencia personal. Hemos aprendido que el matrimonio es un estado estable, y hasta cierto punto obligado, y que nos proporciona la seguridad necesaria para evolucionar a nivel social y personal.

 

Y no es cierto por varias razones: una, que el concepto mismo de matrimonio ha cambiado, por la simple razón de que para divorciarse sólo hace falta expresar del modo legal al caso la voluntad de una de las partes de llevarlo a cabo. Otra, porque el matrimonio ya no ha de ser necesariamente entre hombres y mujeres. Y una tercera, porque tradicionalmente la razón de ser del matrimonio es la de tener hijos, aspecto que también está cambiando. Por tanto, mantenerse anclado en los valores tradicionales implica mantener roles que ya no se sostienen, que no están adaptados al ambiente, y que por tanto, son destructivos en un plazo más o menos largo. Y es que los cambios sociales y legales no llegan a lo personal con la velocidad con que serían deseables. De hecho, la actitud en el matrimonio exige ahora funcionar en el concepto de Amor Activo.

 

Amor Activo es un concepto con el que quiero expresar varias cosas: por un lado, la necesaria implicación constante en la creación del cariño, el esforzarse continuamente en que el día a día del amor sea lo más importante, de manera que el amor pueda ser nuevo en cada situación… Porque sin el amor (el amor que no se trabaja y que no se renueva, se agota), la pareja se rompe tarde o temprano, o se mantiene con una calidad muy baja. Por otro lado implica la destrucción de los roles clásicos, ya que estos asignaban papeles muy concretos a cada uno de los sexos. Y la evolución de la sociedad, la igualdad entre hombres y mujeres, los cambios laborales, las necesidades económicas, la evolución de la sociedad… han llevado a que el hombre se implique en las tareas de la casa y en las obligaciones con los hijos, y en que la mujer tenga que cumplir con obligaciones laborales de la misma importancia (a veces mayor) que la del hombre.

 

En lo personal, un matrimonio que se ha roto implica situaciones muy dolorosas. Implica un cambio en todos los aspectos temporales, tanto los inmediatos como los alejados en el tiempo. Implica un cambio en la ilusiones, unas rutinas que ya no sirven, unas tensiones que no se desean, y que sin embargo no se pueden evitar, una pérdida de confianza en la persona más cercana a ti, una pérdida de seguridad en las amistades, un reparto distinto del tiempo, unas emociones con referencia a una persona radicalmente distintas…

 

Y sin embargo lo más habitual es que uno de los miembros de la pareja viva la situación anteriormente descrita, y que el otro la viva como una oportunidad nueva. En cualquier caso, tanto uno como otro pueden estar a las puertas de una transición.

 

Transición y crisis son términos que no son idénticos, pero ambos expresan vivencias de desorganización y desequilibrio. Difieren en aspectos temporales y de intensidad:

 

-         las crisis tienen menor duración que las transiciones, y sin embargo, se viven de forma más intensa.

-         El concepto de transición es mas difícil de acotar, ya que la mayoría de los autores sólo aceptan hablar de transición cuando se producen importantes cambios cualitativos internos en las personas que los viven, y que además afectan a sus relaciones personales y a sus roles.

 

Una transición es, según Josefa Pérez Blasco “un periodo de cambio significativo entre dos etapas de estabilidad, provocado por la ocurrencia o no de un evento o por la acumulación o persistencia de conflictos o insatisfacción, que puede ser fácilmente observable externamente o no, que afecta a cualquier área de la vida de una persona, es experimentada de manera idiosincrática por cada persona, y cuyo desenlace positivo o negativo es desconocido a priori”.

 

Así, hay varios tipos de transiciones:

 

  1. Las transiciones anticipadas, que ocurren cuando a lo largo de la vida ocurre algún suceso normativo (maternidad, paternidad, matrimonio, jubilación…)
  2. Las transiciones inesperadas: Que suceden por motivos imprevistos, ya sea porque no tienen relación directa con la edad cronológica, o porque le ocurren a un sector muy reducido de la población.
  3. Las transiciones por la no ocurrencia de un suceso: tener hijos, un puesto determinado, comprar una casa…
  4. Transiciones por insatisfacción acumulada: Suceden cuando la transición sucede por motivos que no son graves en sí mismos, como un balance insatisfactorio entre el tiempo libre y el dedicado a las obligaciones, el reparto de roles o la falta de intimidad.

 

Por poner un ejemplo, perder la pareja a los veinticinco puede suponer una crisis porque puede ser doloroso, puede desorganizarte y puede dar al traste con proyectos de futuro. Pero perder la pareja a los cuarenta puede implicar además la vivencia de la búsqueda de seguridad interior, de valores nuevos o de encontrarle a la vida aspectos que hasta ahora eran ajenos. Puede que en el primer caso la crisis se resuelva encontrando una persona parecida (o no) a la perdida, pero en el segundo lo que se está buscando es un sentido distinto, se busca la importancia de sentir en lo vital. No es un simple cambio de esquema, sino algo verdaderamente trascendente.

 

En otro ámbito, una crisis se puede producir por un divorcio, y no pasar de los cambios propios, pero puede producirse una transición si, a partir del divorcio, se cambia la forma de ver la vida y se abandona (por ejemplo) el trabajo de alto directivo en una empresa por la vida rural. O se pasa de ver el trabajo como una obligación y se reniega de este funcionamiento para ver el disfrute de la vida como el pilar básico de funcionamiento.

 

En cualquier caso, el fin de una etapa puede ser el principio de otra. Las transiciones, en este sentido, implican las necesarias adaptaciones vitales de cada uno, en función de su experiencia. La vida no es monolítica, aunque en cada paso se haga camino. Pero eso si: en cada camino, hay varios cruces, y ahí si podemos elegir nuestro destino.

 

Jose Vicente García

Psicólogo de www.psicologoadistancia.com

 

 

 

 


 



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